Huir de la frivolidad

 

Hace años alguien relacionado con los medios de comunicación me decía que los directores de programación de las cadenas de televisión organizan el contenido de acuerdo al nivel intelectual más bajo de su audiencia. Es una experiencia conocida que en cuanto elevan un poco el nivel cultural de sus programas habrán de resignarse a perder espectadores. Moritz Bleibtreu, protagonista de la película alemana «Un juego de inteligencia» decía: «el hábito es la fuerza más poderosa, dale basura a la gente… hasta que no quiera otra cosa».

Las personas frívolas dedican su vida a cosas insustanciales, accidentales, superficiales e innecesarias. Intrascendentes. No tienen peso específico. Pasan los minutos, las horas y los días dejándose manejar por las circunstancias. La frivolidad y la falta de voluntad casi siempre van de la mano. Evitan de forma sistemática cumplir con los deberes y se dejan conducir por el mínimo esfuerzo. Evitan pensar, no quieren nada, no se deciden, no se comprometen. El psiquiatra Enrique Rojas los llama los «hombres light».

Somos lo que hacemos todos los días. Adquirimos peso, o lo perdemos dependiendo de la calidad de los compromisos que tomamos. Hacer cosas sin importancia o las que si la tienen de manera descuidada y negligente nos ubica entre los superficiales. Pasar entretenido de forma exclusiva en necedades como las redes sociales, series de televisión, libros insustanciales, videojuegos y todo un largo etecetera con el único fin de distraernos nos diluye. Empobrece nuestra interioridad. Dedicar el tiempo exclusivamente a los propios gustos y caprichos debilita la voluntad y entorpece el entendimiento. No digo que de suyo no se puedan sacar cosas buenas de estas actividades. Hago énfasis en que vivir solo para la satisfacción inmediata, sin una clara intencionalidad de mejora, nos empobrece y debilita.

Únicamente mejora el que se propone hacerlo. Subir un escalón, en el campo que sea, implica esfuerzo. Avanzar no se consigue de forma automática. Se avanza, normalmente con la práctica constante, fomentando hábitos que se construyen como un edificio; ladrillo a ladrillo, durante muchos días de trabajo constante.

El que no se plantea de forma habitual su mejora personal, de manera concreta, tarde o temprano cae en la superficialidad. La falta de cumbres por alcanzar, sin objetivos claros, produce una vida sin ilusión en la que la mala hierba comienza a ganar terreno en el mundo interior. San Agustín decía: «Si dices basta, estás perdido. Añade siempre, camina siempre, avanza siempre; no te pares en el camino, no retrocedas, no te desvíes. Se para el que no avanza; retrocede el que vuelve a pensar en el punto de salida, se desvía el que apostata. Es mejor el cojo que anda por el camino que el que corre fuera del camino.»

Caemos en la frivolidad cuando damos valor lo que no es importante. Cuando pasamos distraídos en banalidades, cuando dejamos que nos robe la cabeza lo que apunta únicamente a las satisfacciones personales, dejando de lado nuestras obligaciones o el bien ajeno. Cuando abandonamos el esfuerzo por mejorar como personas. Cuando nos contentamos en echar por la borda nuestra vida y abandonamos los ideales grandes.

Si deseamos crecer en profundidad y en madurez hagamos el compromiso de ser mejores cada día, aunque esto comporte dolor y sacrificio. Adquiramos el hábito de pensar y reflexionar cultivando buenas lecturas y manteniendo conversaciones adecuadas con los demás. Fortalezcamos la voluntad, decidiéndonos a hacer el bien con audacia. Sobre todo, dejaremos de lado la frivolidad cuando evitemos que los innumerables afanes, acontecimientos y proyectos arrastren nuestra atención hacia lo externo y descubramos, también con san Agustín: «el caso es que tu estabas dentro de mí y yo, fuera. Y fuera te andaba buscando y, como un engendro de fealdad, me abalanzaba sobre la belleza de tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me tenían prisionero lejos de tí aquellas cosas que, si no existieran en tí, serían algo inexistente».

Huir de la frivolidad
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