Un llamado al imperio de la verdad y la justicia en Honduras

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Se dice que la mentira tiene patas cortas. Yo lo traduzco como «es más fácil atrapar a un mentiroso que a un cojo». La verdad, tarde o temprano, termina por imponerse. Las cosas caen por su propio peso y el tiempo se encarga de colocar a cada persona en su respectivo lugar. El que engaña de forma voluntaria, se autoengaña y, sobre todo en las personas, toda desvinculación con la realidad siempre pasa factura.

En el caso de las elecciones en Honduras, es evidente que unos dicen la verdad y otros mienten -un buen amigo me dice que sinceros y mentirosos están en ambos lados-. Estos últimos parecen no tener en cuenta que el futuro de la democracia en la que vivirán sus hijos depende de la coherencia de sus padres. Los que mienten, además de las consecuencias nefastas para el país y para sus hijos, se llevan de encuentro la justicia. Y perdida la justicia, no existe convivencia pacífica posible.

El itinerario del mentiroso es bastante curioso. Al comienzo, se puede pensar que jugar con la verdad no tiene mayores consecuencias. Sin embargo, como decía el filósofo Ortega y Gasset, la verdad aparece como una necesidad en el hombre. Realmente se trata de su necesidad más radical y absoluta, de la cual no puede eludirse. Incluso el mentiroso -o el escéptico- tiene que buscar unas normas de conducta que seguir para regir su vida.

Todos necesitamos una luz que nos guíe en el mar de incertidumbres que es la vida. El mentiroso, de manera culpable y voluntaria, se autocondena a que esta luz cada vez alumbre menos y además que lo haga mal. Así como el conductor de un automóvil con el vidrio delantero sucio, el que pierde la conexión con la verdad -con la realidad- de forma inexplicable para él, pasa de choque en choque, destruyendo todo a su paso: personas, relaciones y los valores más altos.

Al comienzo, se da cuenta que es él el que se equivoca. Después de un tramo conduciendo con la etiqueta de mentiroso, que todos descubren con facilidad, él piensa que está en la razón y todos los demás equivocados. Pasa a ser ante sus propios ojos como la víctima incomprendida, susceptible en grado sumo. Cuando los demás o la misma realidad se encargan de colocarlo en su sitio, reacciona con violencia, justificando su conducta de las formas más sorprendentes e irrisorias.

Esta falta de objetividad causa risa y enojo en los demás que le pagan con la moneda del aislamiento o la indiferencia. Por otra parte, como «el ladrón piensa que los demás son de su misma condición», el mentiroso piensa que los demás también lo son y entra en un amargo camino de desconfianza.

Como nadie puede vivir solo, para conseguir cualquier cosa de los demás, el mentiroso usa toda clase de estrategias -el temor, la amenaza o el dinero- para manipularles y obtener su colaboración.

La conciencia del mentiroso siempre actúa. Cuando se encuentra en esos momentos en los que todo hombre está frente a ella, descubre que es un desdichado. Si continúa decidido en esas arenas movedizas, no ve otra salida que aumentar sus engaños, para tapar los anteriores, aumentando su lamentable situación.

Siempre es tiempo para comprometernos radicalmente con la verdad. En este momento delicado para nuestro país, ahora más que nunca, hacen falta hondureños que no tengan miedo a decir la verdad -con caridad- y que la proclamen fuerte y claro. De esta forma, descubriremos la gran sabiduría de estas palabras pronunciadas hace más de dos mil años: «la verdad os hará libres».

Un llamado al imperio de la verdad y la justicia en Honduras
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