Los límites de respetar la diversidad

Límites de respetar la diversidad
Rótulo de la Unión Europea de respetar la diversidad

En el camino a mi trabajo, se encuentra este rótulo que promueve respetar la diversidad. No me había llamado especialmente la atención hasta que un amigo me hizo reparar en lo que parece un homosexual tendiendo el brazo a un compañero. A raíz de ese comentario, comencé a fijarme con más atención en el rótulo. ¿Se puede respetar cualquier forma de ser?, ¿Cuáles deberían ser los supuestos para entender adecuadamente la tolerancia en la vida social?

Respetar la diversidad

Unidos en la diversidad parece un mensaje de amor a los semejantes y una llamada a la convivencia pacífica. Acoger las diferencias de los demás no debiera molestar a nadie en la sociedad moderna. Las dificultades surgen cuando en ese “amo ser como soy” se proponen modelos o formas de ser contrarias de la sociedad misma. ¿Debiera yo respetar la diversidad del que escoge como estilo de vida el tráfico de drogas?, ¿que pasa con el promueve el trato de blancas o el tráfico de armas? o ¿qué pasaría si yo decidiera ser tan diverso que rechazo a los que aman esa respetar la diversidad? Queda patente que debe existir un límite a ese respeto a la diversidad marcado por la convivencia con los demás. Precisamente esa es una de las funciones de las leyes que ordenan y encausan la vida social.

Un primer documento de referencia para estudiar los límites de respetar la diversidad es la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Firmado en París el 10 de diciembre de 1948, nos ubica en las primeras palabras de su preámbulo, alguno elementos que están en la base del respeto a la diversidad: “Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana;

Considerando que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad, y que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias;”

Somos diferentes, pero al mismo tiempo depositarios de una dignidad y que tiene como una de sus consecuencias más claras la libertad de autodeterminación. Aun cuando en muchas ideologías, se intenta uniformar el modo de pensar, e incluso se intenta imponer de forma autoritaria determinados estilos de vida. Tal como lo mencionaba en un artículo anterior; “Entre la indiferencia y la intolerancia” la tolerancia se debate entre los extremos del autoritarismo que exige a los demás una tolerancia que no se está dispuesto a conceder o la indiferencia, “el dejar hacer y dejar pasar” tan propio de la cultura individualista actual.

Los derechos, aún siendo inalienables, tampoco son absolutos en el sentido de que han de tener como contrapartida el cumplimiento de unos deberes. Robert Hughes, en su interesante libro “La cultura de la queja” dice lo siguiente:  “acabamos por crear una infantilizada cultura de la queja, en la que papaíto siempre tiene la culpa y en la que la expansión de los derechos se realiza sin la contrapartida de la otra mitad de lo que constituye la condición de ciudadano: la aceptación de los deberes y las obligaciones”. Es el riesgo de ver en el respeto de los propios derechos la excusa que ampare cualquier forma de ser o comportamiento.

Son interesantes en esta línea, medio en broma medio en serio, las palabras del discurso de la película de Charles Chaplin, “El Gran Dictador”: “Pero yo no quiero ser emperador. Ese no es mi oficio, sino ayudar a todos si fuera posible. Blancos o negros. Judíos o gentiles. Tenemos que ayudarnos los unos a los otros; los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás, no hacernos desgraciados. No queremos odiar ni ayudar a nadie. En este mundo hay sitio para todos y la buena tierra es rica y puede alimentar a todos los seres. El camino de la vida puede ser libre y hermoso, pero lo hemos perdido. La codicia ha envenenado las armas, ha levantado barreras de odio, nos ha empujado hacia las miserias y las matanzas.”

Recientemente, el Papa Francisco nos ha sorprendido con una charla TED en la que nos habla de perdón, de solidaridad, de diálogo. El Papa dice casi al inicio de su intervención: “Quisiera en primer lugar que este encuentro nos ayudase a recordar que todos  nos necesitamos  los unos alos otros, que ninguno de nosotros es una isla, un yo autónomo e independiente de los demás, que  podemos construir el futuro solo si estamos juntos, sin excluir a nadie. A menudo no pensamos en ello, pero en realidad todo está relacionado  y  necesitamos siempre reparar nuestros enlaces: también ese duro juicio que albergo en mi corazón contra mi hermano o mi hermana, esa herida no curada, ese  mal no  perdonado, ese rencor que solo me hará daño , es un pedazo de guerra que llevo dentro, es un fuego  en el corazón, que hay que apagar para que no se convierta en un incendio y no deje cenizas.”

En mi opinión, la solidaridad es el complemento indispensable para la correcta interpretación del respeto a la diversidad. Somos diferentes pero necesitamos la ayuda mutua para ser mejores. El respeto a la diversidad no debe ser indiferencia ni permisivismo. Debe estar anclado en un fuerte esquema de valores éticos que busquen el bien auténtico para cada persona.

Si fuera correcta la afirmación de mi amigo de la pareja homosexual en el rótulo en mención, solamente puedo decir que si se trata de personas adultas, respetaré su estilo de vida, aunque no lo comparto. En mi artículo anterior “La anécdota que hirió el orgullo gay” puedes ver algunas de las razones. En el caso de los niños, no podemos olvidar que los primeros titulares del derecho en su educación son los padres. Hasta ahora, no encontré en mi país padres de familia que deseen como estilo de vida para sus hijos, los postulados que defiende la ideología de género.

En Estados Unidos, con un número creciente de demandas contra personas e instituciones a las que se acusa de “discriminación” por negarse a difundir la visión de la sexualidad de los colectivos LGTB, más de 75 intelectuales y representantes religiosos de ese país presentaron una declaración en la que piden a las autoridades que protejan la libertad de cada cual a vivir en paz de acuerdo con las propias convicciones. El documento que ha conseguido hasta el momento más de quinientas mil firmas de apoyo, dice en una de sus partes (traducción personal, el original puede verse aquí: “Como estadounidenses, apreciamos la libertad de expresar y vivir pacíficamente nuestras creencias religiosas, filosóficas y políticas, y no simplemente mantenerlas en privado. Escribimos en nombre de millones de estadounidenses que están preocupados por las leyes que socavan el bien público y disminuyen esta libertad tanto para individuos como para organizaciones.

Afirmamos que cada individuo es creado a la imagen de Dios y como tal debe ser tratado con amor, compasión y respeto. También afirmamos que la gente se crea hombre y mujer, que esta complementariedad es la base de la familia centrada en la unión matrimonial de un hombre y una mujer, y que la familia es la fuente del florecimiento humano. Creemos que es imperativo que nuestra nación preserve las libertades para hablar, enseñar y vivir estas verdades en la vida pública sin temor a demandas o censura gubernamental.”

Espero que muchos de los lectores sepan respetar la forma diversa en la entiendo y defiendo estos temas. Al fin y al cabo, es la misma libertad que yo les concedo para que se expresen con total libertad.

Los límites de respetar la diversidad
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