Lo que no vemos durante las crisis matrimoniales

 

Por diversas circunstancias estuve cerca de algunas situaciones matrimoniales y familiares dolorosas en estas últimas semanas. En esas circunstancias, la tendencia es meterse por laberintos sin salida buscando quién tiene la razón o lo que es lo mismo; adentrarse en recriminaciones mutuas para establecer culpabilidades.
En el instante en que dos personas se dan el sí, realizan la entrega mutua por la que pasan de ser dos a “una sola carne” en la misteriosa unidad del matrimonio. A partir de ese maravilloso instante, es difícil hablar de culpas de unos u otros, porque cuando aparecen las dificultades en el matrimonio, en el 100% de los casos, las inocencias y culpabilidades son compartidas.
Lo que está claro en la teoría, se difumina por la marejada de afectos a favor y en contra. Es frecuente que afloren resentimientos, molestias e intolerancias que vuelve más confusa y difícil la posible solución.
En esos momentos especialmente difíciles, es probable que el estado interior enrarecido se vuelque al exterior con críticas y comentarios amargos que nada aportan a la solución del problema. De la abundancia del corazón habla la boca. En esas circunstancias, se puede destruir con las palabras una convivencia llena de afecto y entrega construidos laboriosamente tal vez durante años.
Para escapar de ese embrollo sin aparente solución, hace falta la humildad de aprender a callar y dejar de buscar posibles culpables. Aprender a perdonar y fomentar el arrepentimiento de las propias faltas. Ya he dicho que en esas situaciones las culpabilidades son compartidas, ya sea por acción u omisión, y ninguno puede pretender salir en caballo blanco.
Es el momento de hablar con las obras. Aprender a estar disponible para escuchar y comprender las razones del otro. Prestar infinidad de servicios que hablarán de forma elocuente el verdadero amor que se tiene al otro.
En esos momentos, se trata de pasar por encima de los propios sentimientos, inquietantes y molestos, y conseguir que se impongan la razón y la voluntad.
Será el momento de prestar atención a los puntos positivos del esposo o de la esposa, sabiendo disculpar errores qué tal vez se produjeron por cansancio, descuido o inadvertencia.
Fortalecer el auténtico amor, que es entrega y sacrificio, y acercarse a Dios, maestro del perdón y la misericordia. Rezar por la esposa o el esposo. Abrazar y amar en esa situación concreta la cruz que ese Dios amoroso permite por alguna razón, desconocida, y de la que siempre sabe sacar grandes bienes.
Si aprendemos a aprovechar esos momentos de dificultad, para ahondar en las raíces del del auténtico amor, con el paso del tiempo, no habrá tormenta capaz de cortar el árbol frondoso de la vida familiar.
Vistas de esta manera, las crisis son oportunidades de crecimiento, de mejora. Fortalecen la propia vida familiar y permiten pasar del sí que se pronunció con los labios, en un día tal vez lejano, a un sí con las obras cotidianas en la vida matrimonial y familiar.

Tegucigalpa, 1 de julio de 2017

Lo que no vemos durante las crisis matrimoniales
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