El colapso de la autoridad

Cuenta el Dr. Leonard Sax en su estupendo libro “El colapso de la autoridad” dos interesantes experimentos. El sociólogo de la universidad Johns Hopkins James Coleman realizó una encuesta a los adolescentes norteamericanos: «Supongamos que has deseado ingresar en una hermandad de la facultad durante largo tiempo, y te invitan a unirte. Tus padres no están de acuerdo con que lo hagas. ¿Te incorporarías?». En esa época, antes de los años setenta, para la mayoría de los jóvenes, la opinión de los padres pesaba más que la consideración de sus iguales. En cambio, hoy no ocurre así. El Dr. Sax hizo una pregunta similar a centenares de adolescentes norteamericanos entre el año 2009 y 2015. La cuestión en el nuevo experimento social era la siguiente: «Si todos tus amigos formasen parte de una red social en concreto, y todos quisiesen que tú también lo hicieses, pero uno de tus padres no, ¿te registrarías aun así?». La respuesta más frecuente no fue «sí» o «no», sino una carcajada. La simple idea de molestarse a preguntar a los padres resultaba incomprensible para los jóvenes. Muchos de ellos dijeron «Si todos mis amigos están, por supuesto que yo también».

Es positiva sin duda la conciencia de vivir en una sociedad democrática, en donde todos gozamos de igualdad de derechos. Sin embargo, en el ámbito familiar y educativo esto comporta una confusión de valores en los que la autoridad y la obediencia salen perdiendo. En la actualidad, los mayores no gozan de autoridad frente a los jóvenes, es importante ser conscientes de esto cara a la educación de la juventud hoy en día.

Si las series de televisión sirven como parámetro para mostrar los valores imperantes, se puede observar que la autoridad paterna está en crisis. Los modelos de padres y maestros presentados en los ciento cincuenta programas de televisión más vistos por los jóvenes, presentan figuras devaluadas, ridículas e incluso infantiles. O por el contrario, personas rígidas, autoritarias, distantes y desubicadas socialmente.

Existe una confusión de papeles. Basta escuchar las canciones de moda para descubrir modelos de jóvenes rebeldes, irreverentes e inmersos en una cultura del irrsespeto y por otra parte, unos padres inseguros, con temor a hacer valer unas normas básicas de conducta. Si a esto sumamos que para los jóvenes de hoy tiene mucho más peso la opinión de sus iguales, nos damos cuenta que estamos ante un reto educativo de proporciones considerables.

Cabría preguntarse sobre el origen de esta crisis de autoridad. En mi experiencia de educador, puedo mencionar que buena parte del problema radica en la falta de prioridad concedida, sobre todo en los últimos años, a las relaciones familiares. No se trata ya solo del poco tiempo de convivencia entre padres e hijos sino de la forma en la que esta se lleva a cabo. Ya no bastan, como ocurría con nosotros, las normas claras, rígidas e impuestas. Hace falta ir más a fondo, hace falta una nueva forma de educar.

Los tiempos actuales exigen padres y docentes que aprendan a conocer y a escuchar de verdad a los adolescentes. Estar más cerca, con la cercanía del verdadero cariño y como consecuencia, implicarse más a fondo en la educación de cada hijo. Para moldear el hierro hace falta calentarlo decía un educador santo del siglo XX. Para que nuestras indicaciones tengan mella en los jóvenes, hace falta calentar la relación mostrando una actitud abierta y comprensiva. Efectos directos del auténtico interés en las personas.

También han contribuido a esta crisis de autoridad, las escuelas volcadas únicamente en el desempeño académico de los jóvenes. Para los docentes muchas veces es más cómodo determinar que un estudiante tiene déficit de atención, por ejemplo, que advertir a los padres de diversas situaciones que requieren de su atención inmediata. Desde el tiempo dedicado a los hijos, hasta el ambiente cómodo y de poca exigencia en el hogar.

Se repite con frecuencia, que para educar a un joven hace falta toda una sociedad. La escuela, desde el preescolar, debe implicarse a fondo, no solamente en llenar una cabeza de conocimientos, sino también en formar el carácter de los niños con unas virtudes sólidas.

Los adolescentes reciben la cultura de los mayores. No de unos educadores y padres confundidos y con temor a poner límites a los ímpetus de vitalidad a los jóvenes. Para formar la virtud de la obediencia hacen falta normas claras, pero sobre todo, hacen falta modelos cercanos y atractivos que sepan ganarse la autoridad con prestigio. El prestigio de la autoexigencia personal sobre todo en el difícil arte de amar con sacrificio.

Tegucigalpa, 30 de mayo de 2017

El colapso de la autoridad
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