Si enim fallor sum

Un VIDEO[1] que ha resultado viral en esta semana, con más de doce millones de visualizaciones, describe un interesante experimento social que da mucho para pensar. Sin que ellos lo sepan, ponen a trabajar por parejas a personas con opiniones totalmente opuestas en temas tan controversiales como el feminismo, el calentamiento global y la ideología de transgénero.

Mientras los involucrados siguen las instrucciones y realizan una construcción de madera en común, hacen y responden preguntas en las que se dan a conocer el uno al otro. Al finalizar del trabajo en equipo, resulta que la estructura es un bar con dos sillas. Se colocan dos cervezas frías y ven un vídeo que explica la postura de cada uno en el tema controvertido. Luego suena un parlante con una instrucción: “pueden irse o quedarse para discutir las diferencias”. El escenario está servido. Las tres parejas del experimento, optan por quedarse a conversar.

La polarización de la sociedad moderna es una de las enfermedades que muestran cómo nos relacionamos unos con otros. Pareciera que en casi todos los campos, la realidad está dividida en dos facciones irreconciliables; los de derecha e izquierda; los de arriba y abajo, los que están a favor o en contra de lo que sea. Cada uno, con una postura cerrada y autosuficiente, incapaz de cuestionar su propio esquema de ideas y pensamiento.

Esta dicotomía, pareciera que es manifestación de otra característica típicamente posmoderna; el relativismo. En esta postura, no existen verdad ni mentira absolutas. Todo adquiere su valor dependiendo del observador. Todo pareciera bueno, porque sencillamente no existe una medida objetiva con la que encuadrar las diversas situaciones de la vida. En este mundo de la subjetividad, cada uno establece su propia verdad que es válida en el propio reino, que como una isla incomunicada, no tiene otros criterios o principios con los que contrastarse.

El rey que gobierna cada isla, es un fundamentalista al que le parecen bien todas sus ideas, simplemente porque no conoce otras. Vive en un sistema cerrado, en el que únicamente admite a otros que piensan como él y rechaza, o ridiculiza, a los incómodos que se atreven a disentir de su “esquema maravilloso” de pensamiento.

Para combatir esta soberbia intelectual a la que todos somos proclives, nada mejor que un viejo aforismo utilizado por Agustín, un grande de la antigüedad; “Si enim fallor, sum”. Podría traducirse como: “Si fallo, existo”. Cuanto más se razona esta expresión, más luces brinda al buscador de la verdad. Percibir las propias equivocaciones, manifiesta que existe un bien fuera de nuestra subjetividad. Un contexto que sirve de medida y contraste que indica una realidad objetiva y verdadera.

Considerar que no somos infalibles, que podemos cometer errores nos baja de nuestro pedestal y nos pone con los pies en la tierra. Nos abre a la riqueza de tener muchas cosas que aprender de los demás. Que necesitamos poner a prueba nuestras ideas mediante la conversación con los “extraños” que no piensan como nosotros.

Reconocer con sinceridad nuestras limitaciones y nuestros errores reales de todos los días, nos acerca a la fuente de la verdadera sabiduría; nos ayuda a darnos cuenta que caminamos junto con los demás en el conocimiento de la verdad. Nos ayuda a poseer el conocimiento de las personas verdaderamente grandes; que todavía ignoramos muchas cosas.

Tegucigalpa, 19 de mayo de 2017

Juan Carlos Oyuela

@jcoyuela

[1] https://www.youtube.com/watch?v=8wYXw4K0A3g

Si enim fallor sum
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