La alegría de la solidaridad

Aula inicial, escuela de “El Pedregal”, Zamorano, Francisco Morazán

El veinticuatro de octubre del año 2014 me escribe una madre de familia del Centro Educativo en el que trabajo. Solicita mi ayuda para construir las instalaciones de una escuela para treinta niños que reciben clase en una carpa prestada por “Copeco”. Los niños de una localidad del Zamorano, cercana a Tegucigalpa, sentados en pupitres en mal estado, en un terreno prestado por un vecino y con un solo docente para los seis grados de primaria, se preparan para hacer frente al futuro.

Sin ningún resultado positivo, durante varios días, escribo correos con fotografías a amigos, conocidos, personas de influencia y autoridades. Con alguna tristeza y cierta frustración, comunico mis pobres noticias a María Elena y su hijo Javier, benefactores de esos infortunados niños.

Meses más tarde, a sugerencia de los directivos, la familia intercesora de la escuela primaria de “El Pedregal” se ponen en contacto con algunos padres de familia de nuestro Centro Escolar. Algunos matrimonios; Liliana y Mario, Nadina y Abel, Ligia y Yuri; entre otros, comienzan las visitas y preparativos para brindar a esta comunidad educativa la cercanía y los medios necesarios para llevar a estos niños el tesoro escondido del aprendizaje.

Los padres de familia de los niños se organizan y logran hacer gestiones económicas para comprar un pequeño terreno para la escuela. Algún tiempo después, el Comité de Padres benefactores, a través de uno de sus miembros que trabaja en el Banco Centroamericano de Integración Económica, consigue otro donativo para la construcción de la escuela. A lo largo de casi dos años, varias familias y empleados de alguna empresa, por iniciativa propia, realizan visitas frecuentes para ir concretando el proyecto. Gracias a la asociación sin fines de lucro “Cepudo” se construyeron tres aulas: las de preescolar y primaria y otra para computación. La escuela Proheco “Andy Rubio” fue inaugurada el veinte de octubre del año 2016.

En este momento veo fotografías del “antes y el después” de esta historia. Seguramente se trata de una de tantas, en un país en el que las necesidades abundan por todas partes. Quise esbozar de forma resumida esta historia porque resalta el trabajo y la virtud de la solidaridad de personas de toda condición a lo largo de casi dos años.

Vivir en sociedad es ser testigos de limitaciones y necesidades de toda clase, propias y ajenas. La solidaridad, forma moderna de llamar a la tradicional virtud de la caridad cristiana, nos ayuda a descubrir que tenemos muchas cosas en común con los demás. Entre otras cosas, expectativas, necesidades e intereses. No solamente de índole material, como normalmente suele pensarse al hablar de esta virtud, sino también otras de carácter más profundo.

“Nadie es tan pobre que no pueda dar ni tan rico que no pueda necesitar”. Esta famosa frase de la Madre Teresa de Calcuta, nos coloca ante la realidad de que en cierta forma, todos somos ricos y pobres al mismo tiempo. Todos podemos compartir dones que poseemos y también todos necesitamos el cariño y la comprensión ajena. Constatar nuestras propias limitaciones nos hace un gran bien, pues nos ayuda a abrirnos a la pobreza y miseria ajena.

Además de la empatía con la necesidad ajena, necesitamos aprender a ver y a descubrir esas necesidades reales en los demás. La mirada cariñosa y el saber escuchar con atención, nos brindarán los elementos indispensables para saber ver y darnos cuenta de la tristeza que necesita ser consolada o de la ignorancia que pide ser enseñada. Cuantas personas viven indiferentes, ¡rodeados de toda clase de pobreza y miseria que clama al cielo!

Después se tratará de ejercitarnos a diario en pequeñas obras de solidaridad con los demás. Como decía antes, a veces será algo tan sencillo como detenernos y dedicar unos minutos de atención para escuchar los problemas de la esposa o lo hijos. En otras ocasiones, será pasar por alto y disculpar pequeñas ofensas. Aunque también, como en el caso de nuestra historia inicial, se tratará de dedicar tiempo y dinero a proyectos de más importancia.

La persona solidaria, que “hace el bien sin mirar a quien”, experimenta constantemente la alegría de recibir toda clase de dones de los lugares más insospechados. Aunque a veces sufra la ingratitud o la indiferencia ajenas, aprende que al compartir sus mejores dones y talentos de forma desinteresada, recibe a cambio una alegría profunda que ninguna dificultad le puede arrancar.

William Shakespeare menciona en una de sus obras: “La misericordia no es obligatoria; cae como la dulce lluvia del cielo sobre la tierra que está bajo ella. Es una doble bendición: bendice al que la concede y al que la recibe”. Dios nos ayude a descubrir a diario lo expresado en una conocida oración: “Dando es como recibimos”.

Tegucigalpa, 16 de abril de 2017

Carpa prestada donde recibían clases los niños
Padres de familia del Centro Escolar Aldebarán
Terreno de la escuela, aulas provisionales
Inauguración de la escuela Proheco “Andy Rubio”
Inauguración de escuela
Aula de preescolar

 

Aula de primaria
La alegría de la solidaridad
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