Enemigos sutiles de la democracia participativa

Democracia

En una clase reciente de mi segunda incursión por las aulas universitarias, el profesor de Ciencias Políticas se regodeaba criticando a los políticos. Que si son culpables de tanta corrupción, que si han hecho esto o han dejado de hacer lo otro. Que si los diputados se saltan las leyes, que si tienen la formación para legislar, que si llevan tantos años en el Congreso. Con todo el respeto a la opinión de mi experimentado docente, expuse mis razones para tener confianza en la joven democracia hondureña.

Sin duda que las críticas, las quejas y las condenaciones son una forma de participación democrática. Tal vez no la mejor porque parte del “juego democrático” es saber respetar la opinión y el comportamiento ajeno, especialmente cuando son contrarios a los nuestros. Por otra parte, en el “Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” siempre existirán personas de toda clase; honestos y corruptos, competentes e ineptos, oportunistas y servidores desinteresados. Uno de los primeros enemigos de la democracia es precisamente el pesimismo que representa la coartada perfecta de los que promueven el despotismo y la dictadura. La democracia es perfectible desde luego, pero aún con todas sus limitaciones, ninguna dificultad en la vida social es comparable con el privilegio de poseer la libertad de autodeterminación. Por eso, para mí, independientemente de cómo esté planteado el panorama político para el próximo 12 de marzo, el poder ejercer el sufragio es siempre una buena noticia.

Es una tentación frecuente pensar que la democracia la hacen unos cuantos o solamente en determinadas fechas cuando se ejerce el derecho y el deber de elegir a las personas que nos representarán. La democracia es más que un sistema político o una forma de organizar el gobierno de un país. La democracia la hacemos todos con nuestra participación o con nuestra indiferencia. Por acción u omisión, todos aportamos a la corrupción generalizada o con la ineficiencia del gobierno o la negligencia de un empleado público determinado. Los mecanismos legales existen para que cada uno pueda hacer mucho desde el lugar que le corresponde estar en la sociedad. El segundo enemigo sutil de la democracia es la indiferencia de los ciudadanos entre sí y hacia las cuestiones públicas, tal como lo decía Tocqueville en su famoso libro “La democracia en América”: «Deseo imaginar bajo qué rasgos nuevos podría producirse el despotismo en el mundo: veo una masa innumerable de hombres semejantes e iguales que dan vueltas sin reposo sobre sí mismos para procurarse pequeños y vulgares placeres que embargan su alma. Cada uno de ellos, retirado aparte, es como extraño al destino de todos los demás […] respecto a los demás de sus conciudadanos se halla a su lado, pero no los ve; los toca y no los siente; no existe más que en sí mismo y para él solo y, si le queda todavía una familia, se puede decir, por lo menos, que no tiene patria.»

La indiferencia es el caldo de cultivo idóneo para que prolifere la corrupción en cualquiera de sus formas. Democracia es sinónimo de participación y compromiso de los ciudadanos en la búsqueda del bien común. Es el prestigio adquirido con esfuerzo por la competencia profesional puesta al servicio de los demás. Democracia es la tolerancia de admitir que existen personas que piensan diferente y que tienen todo el derecho de actuar y decidir de forma libre. Es tener la conciencia social que sabe ver las necesidades de los demás, especialmente de los más necesitados. Es plantear soluciones a los grandes problemas e involucrarse en la vida pública, con el único afán de dar lo mejor de nuestros talentos y así dejar a las futuras generaciones un mejor lugar donde vivir. La verdadera democracia es aquella que se caracteriza por el respeto a la ley, la libertad y los derechos naturales de los ciudadanos. Ralph Waldo Emerson dijo en una ocasión: “La democracia se basa en la convicción de que existen extraordinarias posibilidades en la gente ordinaria”.

Tegucigalpa, 5 de marzo de 2017