La educación sexual en las aulas no funciona

niños

He leído con atención las noticias recientes sobre las guías sobre educación sexual que está promoviendo el Ministerio de Educación: “Cuidando mi salud y mi vida”. Tengo en mis manos cuatro de los cinco manuales propuestos para este polémico programa.

No dudo de la buena intención de estas guías preparadas para los docentes y padres de familia. Aunque en este tema, como en todos los referentes al tema educativo, es importante partir de documentación científica, para no caer en el riesgo de secundar intereses ajenos al verdadero bienestar de nuestros jóvenes.

Entre el abundante material y experiencias de otros países me encontré con un estudio interesante. Cuatro investigadores de universidades inglesas y sudafricanas publicaron recientemente un informe científico (“Cochrane Database of Systematic Reviews” https://www.sciencedaily.com/releases/2016/11/161108073411.htm) que deja en evidencia la ineficacia de los cursos programáticos de educación sexual en las aulas. En este análisis, escogieron ocho estudios de diversos países que analizan la efectividad de cursos de educación sexual impartidas por docentes.

Contrario a otros análisis, estos investigadores fundamentaron su estudio en parámetros objetivos de la influencia de los programas en los estudiantes: la tasa de embarazo y la incidencia de enfermedades de transmisión sexual. La población estudiada superaba los 50.000 adolescentes de varios países de África y Europa, con lo que me parece que la representatividad y seriedad están de alguna forma respaldadas.

La mayoría estudios similares evalúa la efectividad mediante cuestionarios realizados a los propios jóvenes acerca de su “concienciación” sobre conductas de riesgo, o en función del comportamiento seguido en materia sexual después de que terminaran los cursos. Pero los investigadores resaltan la falta de seriedad científica de estas encuestas al contrastarlas con los resultados objetivos.

La evidencia manifiesta que este tipo de campañas obtienen resultados negativos: ninguno de los programas de educación sexual mejora significativamente los indicadores. La tasa de embarazos adolescentes, por ejemplo, entre los participantes fue prácticamente igual a la del grupo de control: 0,99, siendo 1 la de los que no recibieron estos cursos. En cuanto a las infecciones de sida y herpes genital, la prevalencia fue incluso ligeramente superior: 1,03 y 1,04 respectivamente. En cambio, sí bajó la de la sífilis: 0,81.

En cambio, los estudios manifiestan que tienen más éxito programas que incentivan la permanencia escolar de los jóvenes. Por ejemplo, el efecto relativo sobre la tasa de embarazo fue de 0,76. Ya otras investigaciones apuntan la relación inversamente proporcional entre nivel de escolarización –sobre todo, de las jóvenes– y tasa de embarazo o Enfermedades de Transmisión Sexual.

Con lo anterior, no digo que haya que permanecer de brazos cruzados. Se puede hacer mucho en la educación de nuestros jóvenes. Mi interés es señalar que cualquier iniciativa en temas educativos ha de pasar necesariamente por los padres de familia que son los actores ineludibles del trinomio educativo sobre el que cualquier pedagogo fundamenta su labor. En todos los estudios serios que he consultado, se menciona la importancia de la labor de los padres en evitar embarazos en adolescentes. Si se les deja a un lado, aún con la excusa de su bajo nivel de escolaridad, cualquier iniciativa bienintencionada de educación sexual no tendrá ningún resultado. Sencillamente porque no se trata solamente de dar información sino de cambiar conductas.

Tegucigalpa, 29 de enero de 2017