Generosidad sin límites

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Me conmovió el relato de un amigo el día de ayer. Me contaba que un conocido suyo, para estas fiestas de Navidad acostumbra abrir las puertas de su casa y ofrecer una buena cena, con rompopo y nacatamales incluidos, a todos los mendigos y pordioseros que quieran asistir. Al parecer, al inicio había una cierta resistencia familiar pues año con año el número de los comensales aumentaba. La alegría de compartir terminó por abrirse paso y ahora toda la familia se involucra con gusto en esta actividad.

Jorge en cambio, pide a su familia que para estas fechas escojan el regalo más preciado para hacer una visita a los más pobres y olvidados de su ciudad. Cada año comprueba que esta lección de generosidad repercute en bienes de toda clase para su familia.

En un pueblo cercano a Tegucigalpa, hace dos semanas, fui invitado a participar en una tradición de más de veinte años. Un grupo de familias consiguen con sus amigos alimentos, ropa, juguetes y enseres de primera necesidad para visitar a las familias más pobres de su entorno. En esta ocasión fueron más de cien a las que se pudo hacer llegar un gesto de alegría navideña.

Gracias a Dios, podría contar más historias recientes como estas. Son una muestra de cómo el espíritu cristiano ha ido transformando nuestra sociedad. La alegría de compartir es propio de estas fechas.

La generosidad no la hemos inventado los hombres. La Navidad es justamente la generosidad de Dios que se vuelca en la historia; al nacer Jesús en un pesebre hace más de dos mil años, Dios nos hace el regalo más portentoso de la historia. Ser conscientes del significado de la Encarnación difumina cualquier asomo de tristeza o pesimismo en la vida del hombre.

Sin querer restar mérito a todas estas acciones, siempre que damos algo; tiempo, dinero, ropa, cabe la posibilidad de que esta acción externa no sea un reflejo de nuestro interior. Incluso, ¡podría ser que hacemos estas acciones para acallar una conciencia que grita ante nuestro egoísmo permanente durante el resto del año!

Dar de nuestros bienes. Bien. Pero intentando imitar a Jesús niño hemos de dar un paso más en la generosidad.

Si aprendiéramos a mirar, a escuchar de verdad a los que están a nuestro lado, tal vez nos sorprendamos de sus verdaderas necesidades.

Si supiéramos ver cómo nos ve Jesús desde el pesebre, seguramente descubriríamos que el mundo actual es una boca sedienta de cariño y comprensión. Provocaría en nosotros un cambio radical y duradero.

Ante la rebeldía injustificada de un hijo, por ejemplo, el padre saturado de trabajo sabría descubrir una falta de atención y dedicación de tiempo. Ante el egoísmo y el orgullo, sin causa aparente, de una esposa, su marido sabría descubrir una oportunidad de ejercitarse él en la humildad para aprender a darse de verdad.

Tal vez, veríamos la solidaridad de otra manera. Intentaríamos llevar en nosotros mismos un poco de los dolores y sufrimientos de todos los marginados del mundo. Y al paladear algo de este mar de indigencia, no nos contentaríamos con dar algo. Crecería nuestro deseo de ser generosos, no solamente en una época del año, sino de forma permanente y con todos.

Con toda seguridad, nos daríamos cuenta que no podemos solos. Rezaríamos a Dios para que nos contagie de su generosidad sin límites. Sin duda, será el mejor regalo de Navidad.

Tegucigalpa, 24 de diciembre de 2016