Maestro de cariño humano y sobrenatural

 

El doce de diciembre falleció Monseñor Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei. No me cabe duda que celebró la fiesta de la Virgen de Guadalupe en el cielo, junto con sus predecesores en el gobierno del Opus Dei. Fiel al espíritu que Dios le inspiró a san Josemaría Escrivá, supo transformar su vida entera en ocasión de amor a Jesucristo, de servir a la Iglesia y a todos los hombres.

No puedo evitar recordar muchas enseñanzas que recibí personalmente de él en estos más de veintidós años en los que estuvo al frente del Opus Dei. Fue para miles de personas alrededor del mundo más que un Padre. Con su ejemplo de entrega a los demás, nos daba continuas lecciones de cómo traducir el amor a Dios en auténtico cariño humano.

Lo conocí personalmente en enero de 1999, en Guadalajara. Me llamó la atención su conocimiento cercano de la situación de calamidad de miles de hondureños que habían sufrido con el huracán Mitch. Le fui refiriendo historias y anécdotas de personas que se habían involucrado en ayudar con diversas iniciativas para paliar de alguna manera tanto dolor y carencia material. Con cierto cariño, se adelantaba y añadía circunstancias que yo desconocía. Me recalcó varias veces que era necesario que nos esforzáramos por intentar no excluir a nadie y hacer llegar a todos el bálsamo de la caridad cristiana.

Un año más tarde, en enero del año dos mil, tuvimos la gracia especial de que Mons. Echevarría hiciera su primer viaje a Honduras. En esa ocasión, nos dio ejemplo visitando a Elvin, jardinero que vivía en la colonia las Brisas de Tegucigalpa y que recientemente había perdido su casa por la crecida del rio Choluteca. Nos enseñaba de esta manera a superar lamentos estériles y pasar, con hechos concretos, a consolar a tantas personas que habían perdido a seres queridos y bienes materiales.

En el año 2001, en una reunión en Roma, me dijo que una manera indispensable para fomentar el desarrollo en Honduras era promover una educación de calidad. Enseñar a los jóvenes a tomarse en serio su propia formación, para luego convertirse en agentes de transformación del país a través de su trabajo bien hecho, con una visión ética y como medio de servir a los demás.

En julio del año 2014, ocasión en que estuvo en nuestro país por segunda vez, nos contó a más de cuatro mil personas que le escuchábamos en el Centro Escolar Antares de Tegucigalpa, que antes de llegar a esa reunión, había pasado a saludar a la Virgen en la Basílica de Nuestra Señora de Suyapa. Allí aprovechó para bendecir, una imagen de la Virgen en estado de buena esperanza, dedicada al no nacido. En ese año dedicado a la familia, era un modo concreto de animarnos a rezar y buscar la promoción de esta importante institución de la sociedad.

En todas las ocasiones, podría referir una multitud de detalles de cariño con toda clase de personas. Desde los policías de tránsito que le acompañaron en los diferentes traslados, pasando por los jardineros de la casa Montecillos en Zambrano, hasta el dueño de una empresa que da empleo a cientos de hondureños.

Para mí, Mons. Javier Echevarría, fue un ejemplo claro de cómo ser santo en medio del mundo. Un Padre que se desvivió por sus hijos. Un verdadero maestro del cariño humano y sobrenatural.

Juan Carlos Oyuela

Guadalajara, 17 de diciembre de 2016