La paradoja de mis cuarenta y seis

CumpleañosJCO

Los regalos que pido a Dios en mis últimos cumpleaños son cada vez más curiosos. Llega una edad en la que se valoran las cosas de otra manera. Lo caduco comienza a dejar paso a lo permanente. El deseo de lo material se extingue en favor de los auténticos bienes espirituales. Las ideas y logros de éxitos desaparecen como el humo y se comienza a valorar más a las personas.

Me encantan las paradojas. La primera que llamó mi atención, tal vez fue a los doce años, decía más o menos así: “vive de tal manera que aunque pierdas, ganes”. Mis amigos de esa época, podrían hablar de múltiples sueños, ambiciones y una que otra cumbre conquistada.

En torno a los veinte, se presentó el ideal de. intentar volar como las águilas y no como ave de corral. Esta, junto con otra genial paradoja de Chesterton: “Al hombre de cada siglo le salva un grupo de hombres que se oponen a sus gustos”, orientaron mis pasos.

La cercanía con el Evangelio y la formación católica, me pusieron en contacto con un sinnúmero de paradojas. Más para intentar poner en práctica que para teorizar: baja si quieres subir; sirve si quieres ser mejor; olvidarte de ti mismo si quieres encontrarte.

Aquí va otra paradoja. Un año más y pareciera que es uno menos. Con toda sinceridad, me siento como cuando ingresé con gran ilusión a mi colegio de secundaria, cuando tenía trece. Cabría preguntarse ¿cuál es el elixir de esa extraña juventud? El que han buscado, sin mucho éxito, los hombres de todos los tiempos.

Es aquí donde aparece la paradoja más desconcertante todavía. Desconocida tristemente para la gran mayoría de las personas: la auténtica felicidad está amarrada misteriosamente con el sufrimiento y con el dolor. Y no es que la vida me haya brindado tantos sufrimientos. Se trata sobre todo de una actitud ante lo que pueda costar.

Cuando se hace el asombroso descubrimiento de que solamente es feliz el que se empeña en no serlo; cuando se intenta ser un poco más generoso y se abre sin miedo la puerta al dolor sobrellevado por amor, es entonces cuando se hace más difícil perder la paz y la alegría.

Me parece que fue san Bernardo quien dijo que solamente puede llevar una vida recta el que está dispuesto a sufrir con alegría y aún así perseverar haciendo el bien. Este es el deseo que quiero compartir con mis amigos el día de hoy: perder el miedo a las incomodidades de la vida, estar dispuestos a convivir con el dolor, sin quejarse; llevar con elegancia las dificultades. Aquí es cuando se comienza a caminar por la vía virtuosa.

Con seguridad, falta mucho camino por recorrer. C.S.Lewis decía que el dolor es el altavoz de Dios para enseñarnos a amar de verdad. Si aprendemos a escuchar este altavoz, tendremos cada vez más juventud, porque iremos aprendiendo a amar de verdad.

Juan Carlos Oyuela

23 de noviembre de 2016