Los buenos somos más

Buenos

Tal vez te pase lo mismo que a mí cuando escuché esta expresión por primera vez. Casi instintivamente me la apliqué pensando que estoy en el lado de los buenos. Especialmente en este Año de la Misericordia, el Papa Francisco ha mencionado en varias ocasiones que no es cristiano dividir a las personas entre buenas y malas.

En una sociedad herida de muerte por la corrupción y la violencia, hace falta mucha valentía -o desconocimiento propio- para utilizar esta expresión en primera persona. Si los buenos somos más, ¿quiénes son los que causan las graves injusticias que vemos a diario?, y además ¿qué clase de bondad es esa que contempla con indiferencia la muerte de tantas y tantos? ¿Qué bondad es esa que se acostumbra a tanta desigualdad social?.

Ya sea por acción u omisión, todos somos protagonistas de los aciertos y enfermedades de nuestro país. En el caso de la corrupción por ejemplo, no actúa de forma equivocada solamente el que ofrece una “mordida” sino también el que la recibe y además, los testigos mudos que hacen como que no ven y no oyen.

Es difícil que en un ambiente enfermo de iniquidad hasta los tuétanos, pueda instalarse cómodamente alguno sin hacer nada, o que tranquilice su conciencia con la ceguera del que no quiere ver tanta pobreza e impunidad.

La expresión que ahora comento, me recuerda otra parecida que podría sufrir un análisis parecido y que es el título de un interesante libro: “Que los buenos no hagan nada”. En este caso, la frase resulta más imposible aún ya que es difícil calificar de bueno al que se deja atenazar por la inactividad; más en una sociedad como la nuestra que requiere más que nunca de nuestra participación, para defender los derechos individuales, especialmente de los más desfavorecidos.

De forma indirecta, la expresión “los buenos somos más”, coloca en aprietos a los relativistas defensores de que la verdad y la justicia dependen del punto de vista de cada uno. Siempre, cuando hablamos de bondad o maldad, estamos abocados a reconocer la objetividad de un orden superior que traza la línea divisoria entre estas dos realidades. En mi caso personal, constatar la existencia del bien y del mal objetivos, es una muestra más de la existencia de una ley que está fuera de cada uno, que no nos hemos dado a nosotros mismos como dicen los positivistas. Y como sabrán bien los jurisprudentes, si existe ley, existe legislador. Que en mi caso personal, además considero que es un Dios amoroso y providente.

La ingenua postura de Rousseau que define al hombre como naturalmente bueno es una y otra vez desmantelada por la historia. Los que la defienden por ignorancia o autocomplacencia, han de prepararse para continuos desengaños. La experiencia también muestra con qué facilidad se pasa de un extremo al otro: de la fe ciega en una humanidad autosuficiente, sin necesidad de redención, a la más profunda decepción y desconfianza hacia todo lo humano.

La verdad es que no existen personas buenas ni malas en estado químicamente puro. Todos somos una mezcla de colores claros y oscuros; tenemos virtudes y defectos. Las virtudes como cualidades que hemos de agradecer y mantener con esfuerzo; los defectos como imperfecciones y errores de personalidad que están para que ninguno se sienta exonerado de luchar por ser mejor cada día.

Las imperfecciones personales, enfocadas con humildad, cumplen otra valiosa función; nos ayudan a comprender y a ser pacientes con los defectos ajenos. Pero sobre todo, las imperfecciones personales nos ayudan a tener la mínima  modestia de nunca auto colocarnos de forma imprudente entre los que se consideran “buenos” a sí mismos. En todo caso, pediremos la ayuda de Dios y de los que nos quieren, para que al final de nuestra vida podamos ser incluidos entre el número de los que son buenos de verdad.

 

Juan Carlos Oyuela

Tegucigalpa, 6 de noviembre de 2016

Los buenos somos más
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