El hombre mediocre

 mediocre

Cuenta Jodorowsky en su libro El tesoro de la sombra una historia interesante. “En aquella ciudad las casas tenían ventanas y no se conocía la luz. Las calles estaban en tinieblas porque la atmósfera contaminada formaba un escudo que no dejaba penetrar el sol”. Curiosamente en esa ciudad los habitantes no tenían nariz. Se habían acostumbrado y eran felices con ese modo de vida. “Habitaban en las sombras, solo preocupados de trabajar para llenar su estómago y satisfacer sus deseos… Un buen día apareció una anciana que gritaba: “¡Vendo una lámpara y una nariz!”. Un ciudadano compró los curiosos artículos. Cuando quiso pagar, la anciana se negó a recibir el dinero. En cuanto usó sus nuevas posesiones, un insoportable olor se le metió por la nariz. Luego, encendió la lámpara. Lo que para él era antes un lugar hermoso, limpio, tranquilo, en realidad se trataba de un nido de arañas, basura, alimentos podridos, muebles apolillados, capas de grasa… ¡No pudo permanecer en ese asqueroso lugar!

“Recorrió las calles hasta encontrar a la vieja. Bruja, ¿qué hizo con mi elegante mansión? Antes yo vivía bien, como todo el mundo, pero apenas me puse su nariz y encendí la lámpara, esos dos objetos cambiaron mi mundo. ¿Por qué tanta maldad?”. La anciana respondió: “Tu mundo no ha cambiado: ¡es así! Antes no te dabas cuenta y creías estar bien en un lugar que tarde o temprano te hubiera destruido. Cuando se adquieren nuevos órganos y se hace la luz, sufrimos porque nos vemos como somos realmente y no como imaginamos ser. Ahora que sabes cuál es tu realidad, debes abrir ventanas, matar parásitos, limpiar paredes, desinfectar el lugar, y serás feliz. ¡Entonces dale la lámpara y la nariz a otro ciudadano, como lo hice yo!”.

El hombre mediocre se contenta con cualquier cosa. Como no se conoce, vive feliz consigo mismo. No quiere ver sus defectos y por lo tanto, tampoco ve la necesidad de cambiar.

Decía Chesterton que La mediocridad, posiblemente, consiste en estar delante de la grandeza y no darse cuenta. Con toda seguridad, el mediocre, puede estar rodeado de descuidos, abandonos, perezas, injusticias, comodidades y desidias y no darse cuenta. Mejor dicho, no quiere darse cuenta.

El mediocre padece una crisis en el amor, la vocación a la que está llamado todo hombre. La falta de amor lo lleva a abandonar el empeño por querer ser mejor. El deseo de felicidad, que solamente se encuentra en la generosidad de dar y darse a los demás, se sustituye por el egoísmo lleno de compensaciones mezquinas. El insaciable “yo” contagia todo lo que toca e intenta suprimir la tristeza con bienes materiales, en una carrera loca detrás de placeres o buscando una fama que es solo apariencia; porque en el interior, la persona mediocre padece el vacío y la pobreza más absoluta.

La mediocridad es una enfermedad de la voluntad que paraliza. Es una falta de decisión por ser mejor. Cansancio crónico ante lo que comporta esfuerzo. Desilusión y tristeza ante todo lo que frustre los deseos omnipresentes de comodidad a toda costa.

Pero no se puede pasar una vida de esta forma. El que no avanza, retrocede. El que no se complica la vida comprometiéndose en hacer el bien, la vida le tiende lazos que le amarran a los vicios más bajos y viles.

El mediocre no se exige y por ende, es incapaz de exigir. Busca quedar bien con todos. Es como el ciego que no quiere ver, como el sordo que no quiere oír y como el mudo que no quiere hablar. Todo para evitar chocar con nadie. No toma postura ante nada. Es el perfecto camaleón que cambia de color de acuerdo a las circunstancias porque… es más cómodo así.

Pero esta postura es insostenible. Si la mediocridad se instala, su tristeza característica va apagando y devorando cada vez más a esa persona. Si no se reacciona a tiempo, se huye entonces de la realidad y se viaja con la imaginación a mundos ficticios donde no existe ninguna obligación molesta que lance reproches que no se desean escuchar. El panorama se oscurece y se mira únicamente lo que alaga la propia mediocridad.

La solución comienza por reconocer con sinceridad esa triste situación. En poner los medios para revitalizar el amor en las realidades concretas del día a día. En asumir con valentía el sacrificio que comporta en hacer bien, acabadamente, las propias obligaciones. La mediocridad desaparece cuando aparece el esfuerzo por convertir en obras de arte, poniendo el corazón, lo que tengamos entre manos. La solución al final, está en hacer cada cosa por amor a Dios, como si de ello dependiera el destino del universo entero.

Juan Carlos Oyuela

Tegucigalpa, 4 de septiembre de 2016

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@jcoyuela