Fiestas costosas

Fiestas

Esta semana, tuve una conversación interesante con Daniel, estudiante de la escuela en la que trabajo.  Nada mejor que las preguntas inquisitivas de un joven de 17 años para desempolvar y aclarar argumentos. El interés iba en vistas a su próxima fiesta de graduación, y tal vez, perder un poco de tiempo de su clase de matemáticas…

No estoy en contra de las fiestas. Son necesarias. Festejar por lo que vale la pena, es parte de la vida humana desde que el hombre está en este mundo. El libro de Josef Pieper “Una teoría de la fiesta”, resalta algunas dificultades del hombre moderno para celebrar. Estamos tan rodeados de “edificios prefabricados de alegrías artificiales”, motivadas muchas veces por fines comerciales, que a veces perdemos de vista el significado profundo de las celebraciones. Hace falta cierta capacidad contemplativa para valorar los abundantes regalos que recibimos todos los días. Las fiestas nos llevan precisamente a darnos cuenta de la bondad de todo lo que existe y de descubrir que estos regalos proceden de la bondad de otros, que desean comunicarnos sus bienes.

Conviene escuchar la advertencia de Nietzsche, recogida por Pieper: “No es muestra de habilidad organizar una fiesta, sino el dar con aquellos que puedan ‘alegrarse’ en ella”. El aviso se completa con una observación del propio Pieper, en otro libro (“El amor”): “Una persona no desea sin más ponerse en ese especial estado físico de la alegría, sino que siempre desea tener una ‘razón’ para alegrarse”.

En la celebración, lo más importante son las personas, no el derroche desconsiderado de gastos. Cuando se exagera en lo material es difícil luego ver el rostro de los demás. Al desorden de un corazón lleno de materialismo no puede entrar nada que no sea el propio yo, la comodidad o el capricho. Alguien que sabe colocar a las personas por encima de lo material luego le es más fácil ser servicial y misericordioso.

No estoy en contra de las fiestas. Pero sí de las fiestas excesivamente costosas. Pueden ser caldo de cultivo para la frivolidad, provocar la envidia en los demás, llevar a presumir de lo que tenemos o no tenemos, facilitar una vida llena de caprichos y centrada en nosotros mismos.

Tenemos tanto de todo y tan al alcance de la mano, que con facilidad se nos embota el alma y se empequeñece. Es fácil que el opulento piense que con eso basta para ser feliz. No se da cuenta que ese estilo de vida promete mucho pero da poco. Causa cada vez más insatisfacción que luego se busca llenar con una forma de vida cada vez más superficial. Una persona así, necesita experiencias más novedosas y rebuscadas para alcanzar una alegría que se aleja irremediablemente. En resumen, hacen falta más virtudes para comportarse adecuadamente en la abundancia que en la escasez.

Recuerdo los juegos de béisbol en mi infancia. Hacíamos la pelota con un calcetín y una piedra en el centro. El bate era un palo de escoba sobrante y los guantes, pelotas de plástico partidas por la mitad con un agujero en el centro para meter el dedo y sujetarlo. Con este rústico equipo, pasábamos unas tardes estupendas con los amigos jugando al béisbol. Por contraste, recuerdo otro juego un tanto diferente que presencié hace algunos años. Todos los jugadores tenían uniformes impecables. Bates y guantes nuevos. Parecía que los padres de familia estaban al servicio de sus hijos, uno incluso estaba colgado del tablero para anotar el marcador. ¿Y los niños jugando en el campo? Unos perfectos inútiles y caprichosos. No quiero decir que sea malo tener los medios adecuados. Tener antes que desear y encontrar sin esforzarse en buscar siempre inutiliza a las personas.

Así es la naturaleza humana. No se valora lo que no cuesta. Hacemos un enorme daño cuando existe desproporción entre el don otorgado y el esfuerzo realizado. Cuando una persona ingresa por la vía del materialismo, todo se aprecia desde el único lente del tener. Tanto vales, tanto tienes. Se pierde la óptica verdadera para sopesar a las personas y a la cosas.

Un santo educador del siglo XX decía que es conveniente tener a los hijos cortos de dinero. Los empresarios podrían contarnos tantos ejemplos de que la abundancia de recursos no es buena compañera de una vida virtuosa. La facilidad en el gastar casi siempre no va de la mano en el esfuerzo por obtener los recursos. Kant afirmaba: “dadle a un hombre todo lo que desee, e inmediatamente pensara que ese todo ya no es todo”.

Es difícil que una celebración pletórica de lujos innecesarios nos haga mejores personas. Por lo menos, es fuente de escándalo (entendido como ocasión de perjuicio a los demás), en primer lugar respecto a los asistentes. Y en un país en el que abundan tantas necesidades y niños que no tienen ni qué comer, tal vez incluso motivo de injusticia que clama al cielo.

Detrás de cada billete hay una persona. El dinero que nosotros gastamos en cosas superfluas e innecesarias pertenece a los pobres ¡Cuántas veces vemos nuestras supuestas necesidades de otra forma cuando entramos en contacto con personas pobres o enfermas! Todavía recuerdo las lágrimas en los ojos de un alumno caprichoso después de visitar a un niño con cáncer. En cambio, cuánto se puede hacer con el dinero bien empleado. Por lo menos puede ser una escuela de orden, generosidad, sobriedad, fortaleza, perseverancia, magnanimidad, humildad, justicia y responsabilidad.

Celebrar, ¡Claro que hemos de celebrar muchas cosas! En primer lugar queriendo de verdad a las personas. Pero procurando que el modo de hacerlo sea sobrio y no nos haga olvidar la razón de fondo. Que los detalles materiales sean expresión de las virtudes que procuramos cultivar. Que exista proporción entre el dinero que dedicamos a nosotros mismos y el que procuramos dar a los más necesitados.

Desafíos para poner en práctica
Generosidad y desprendimiento
1. ¿Serías capaz de regalar a un niño necesitado la prenda de tu closeth que más aprecias?
2. La Madre Teresa, una religiosa ganadora del Premio Nobel de la Paz, murió en 1997 luego de una vida dedicada al servicio. ¿Considerarías la posibilidad de ayudar a las personas como una profesión de tiempo completo sin esperar ninguna recompensa material a cambio?¿Por qué o por qué no?¿Cómo te sentirías con respecto de las personas con empleos regulares?
3. Si donaras un día de tu vida a trabajar en una ONG que brinda alimentos a personas con hambre ¿A quienes irías a visitar en tu ciudad?¿Cómo te comportarías?
4. Dispones una hora de tiempo para hacer una obra de caridad ¿A quienes buscarías para ayudarles?
5. ¿Qué gasto innecesario podrías evitar esta semana?¿A quién donarías esa cantidad de dinero?

Tegucigalpa, 7 de agosto de 2016

@jcoyuela

www.eticaysociedad.org

    

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