Felicidad: paraíso sin lugar, isla sin mapa

Fotolia_65160302_XSUn muchacho va recorriendo la orilla del río Tíber -il Tevere- en Roma. Es de noche. Va por el popular barrio del Trastevere, herido de amores, con el corazón en carne viva. De repente, ve sobre la superficie del agua un disco de plata brillantísima, y, cegado por su fulgor y perfecta redondez, acaba por lanzarse sin pensárselo dos veces al río. En el instante mismo de alcanzar el objeto que le ha subyugado el ánimo, el disco se rompe en mil pedazos: se trata tan sólo del reflejo de la luna en el Tíber. Allora, allora ho capito tante cose… (“Entonces, entonces he comprendido tantas cosas”…). Me gusta esta historia sacada de una melodía del cantante italiano Domenico Modugno para reflexionar sobre la hermosa y a veces fugaz felicidad.

Wikipedia la define de esta forma : La felicidad (del latín felicitas, a su vez de felix, “fértil”, “fecundo”) es un estado emocional que se produce en la persona cuando cree haber alcanzado una meta deseada. Tal estado propicia paz interior, un enfoque del medio positivo, al mismo tiempo que estimula a conquistar nuevas metas (véase motivación). Se define como una condición interna desatisfacción y alegría que ayuda a muchas personas.

Todos buscamos la felicidad. Lo que hacemos, aunque no nos demos cuenta, tiende hacia este fin como el metal es atraído por el imán. Ser felices es de las pocas cosas con las que todos estamos de acuerdo. Se ha dicho muchas veces que el hombre es un ser sediento de felicidad. Muchas personas se debaten entre una necesidad vital imperiosa y la desesperación de no encontrar la forma de satisfacerla. No encontrar el extraño elíxir capaz de saciar la sed de plenitud que todos llevamos dentro. El poeta Pedro Salinas expone este deseo insatisfecho de forma magistral: Paraíso sin lugar, isla sin mapa. Somos como el ciego que busca a tientas un tesoro escondido. Toda vida puede describirse como el drama del paraíso perdido cuya añoranza llena todos los días o como el marinero que se pone en camino sin saber hacía donde ir para encontrar el oro tan preciado. La búsqueda de la felicidad ha quedado plasmado en la literatura universal en muchas novelas de viajes hacia lo desconocido, en los que se está dispuesto a enfrentar muchas dificultades hasta encontrar la piedra filosofal de gran valor, capaz de convertir en felicidad todo lo que toca.

En la historia de la filosofía han sido varias las posturas en relación con la felicidad. Los hedonistas de la mano de Epicuro ponen la felicidad en la búsqueda del placer. Más radicales que Epicuro, los estoicos, entre los que destaca Séneca, ponen la felicidad en el polo opuesto al hedonismo: en la liberación de todo deseo o las pasiones. El estoico quiere ser autosuficiente, bastarse a sí mismo. El análisis de Aristóteles de la felicidad se puede resumir como sigue: la felicidad consiste en la virtud, sin olvidar que necesitamos bienes materiales, pues es muy difícil hacer algo cuando se carece de recursos; y entre esos recursos, los amigos y las riquezas. Y como esto no depende totalmente de nosotros, está claro que la felicidad requiere cierta buena suerte. En este sentido, si algo es un don divino, más debe serlo la felicidad, puesto que es la mejor de las cosas humanas (Desfile de modelos, José Ramón Ayllón).

Lorenzo el magnífico escribió unos versos que me han dado mucho que pensar: “Quien quiera ser feliz, séalo: del mañana no hay certeza”. Es otra forma de expresar el Carpe Diem griego, aprovecha el momento, el presente. Palabras con necesidad de ser bien entendidas pues podrían llevarnos a la búsqueda de lo inmediato, a lo del momento. Encerrándonos en una carrera loca por disfrutar a toda costa, el mañana no existe, y tomar el camino en dirección contraria a la verdadera felicidad. La vida de muchas personas se asemeja a un laberinto en el que van probando a tientas, si acaso, encuentran la salida tan esperada al país de la eterna felicidad y alegría. Algunos escogen la ruta del éxito para ser admirados, otros la del dinero que parece que todo lo compra. Otro por allá se deja seducir por la búsqueda del placer que termina por hastiar. La experiencia tantas veces repetida es que todo llega a cansar, el que apoya su felicidad en estas cosas tan efímeras termina por caer en una vida sin sentido. Buscar llenar el deseo de felicidad con sexo, drogas o alcohol, es adentrarse en un callejón sin salida.

Un grupo de investigadores norteamericanos dirigidos por David Myers y Ed Diener llegaron a la siguiente conclusión: “la persona feliz es cordial y optimista, tiene un elevado control sobre ella misma, posee un profundo sentido ético y goza de una alta autoestima”. Es claro que la felicidad no depende tanto de lo que tenemos sino de lo que somos y de como vivimos. Se es más feliz cuando nos esforzamos por cultivar nuestro carácter. Aristóteles nos diría que es más feliz la persona que procura adquirir las virtudes.

El diccionario de la Real Academia Española nos dice que “la felicidad es un estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien”. Definición un tanto engañosa ya que nuestra experiencia tantas veces repetida es que los bienes -materiales y espirituales-, por altos y excelentes que sean, no terminan por darnos la felicidad tan buscada. No es llenando el corazón de bienes lo que nos hace felices sino todo lo contrario; gastando lo que tenemos a manos llenas para saciar las necesidades de los demás.

Nadie es feliz hasta que se decide a no serlo. Frase un tanto paradójica que encierra grandes lecciones. No existe un camino en línea recta hacia la felicidad pues la felicidad y la alegría son consecuencia de vivir esforzadamente para los demás. Solamente es feliz el que vence en sí mismo el egoísmo, el principal enemigo de su felicidad. El que piensa en sí mismo, se sumerge sin quererlo en las arenas movedizas de la tristeza. Es feliz el que vive generosamente no solamente dando lo que tiene sino dándose a sí mismo en todo momento. Solamente es feliz el que sabe amar. Ya lo dijo Leon Tolstoi: no hay más que uno modo de ser felices: vivir para los demás.

@jcoyuela

Guatemala, 29 de noviembre de 2014