El incomprensible dolor

file0001946946654Un niño pequeño entró en una tienda de mascotas con tres monedas en la mano comprar un cachorro de esos que se anunciaban en venta en el escaparate de la tienda. Lo recibió el tendero: “Buenos días. ¿Qué se te ofrece?”. El niño le dijo: “En el escaparate hay un letrero anunciando que venden cachorros y yo quiero comprar uno. ¿Cuánto cuestan?”. “Mira, cuestan quinientos pesos”. “¡Uy! Traigo sólo esto”, y le enseñó las tres monedas. “¿Puedo verlos?”, le preguntó el niño. “Claro que sí”, contestó el tendero con una sonrisa. Entró a verlos y se encontró con una perrita con cinco cachorros. El último cachorro cojeaba. “¿Qué le pasa a ese cachorro?”, preguntó el niño. “Nació con un defecto en las patas traseras. Ese perrito no puede correr, ni saltar”. “Ése es el que quiero”, dijo el niño entusiasmado. “No querrás ese, si no podrá correr contigo. Llévate mejor este otro que está muy bien”, dijo el tendero. “No, yo quiero ése”. “¿Por qué?”, preguntó el tendero. El niño se levantó el pantalón y le mostró su pierna derecha que estaba deforme y maltrecha, y le dijo: “Yo tampoco puedo correr bien, ni saltar, y ese perrito necesita alguien que le comprenda.” El tendero se quedó conmovido y enseguida le dijo: Bueno, pues entonces te lo vendo por las tres monedas que traes”. “No, de ninguna manera. El hecho de haber nacido así no lo hace menos valioso. Yo le pagaré el mismo precio que pide por los demás, hasta el último centavo”. El tendero, aún más conmovido, le dijo: “Ojalá los demás cachorritos tengan un dueño como tú, que los quiera y los comprenda así. Todos merecemos tener alguien que nos comprenda y nos quiera así como somos”.

En el torbellino de la sociedad actual, que fácil es encontrar personas que valoran el éxito, la felicidad, las personas y el amor de las formas más encontradas. Qué fácil es caer en el ideal de  una vida sin problemas, sin contradicciones, sin dolor. Es fácil encontrar personas con una falsa idea de felicidad forjada por la comodidad, el dinero y la búsqueda de reconocimiento a como dé lugar. Es tal la situación de muchos que incluso se desmayan con solo escuchar la palabra dificultad y contradicción.

El dolor y el sufrimiento, lo queramos o no, forma parte de nuestra vida. Por mucho que queramos no podemos esquivar permanentemente las dificultades. Es más, el que tiene como norma no sufrir, al final es el que más sufre porque constantemente la vida se encargará de recordarle que forma parte de la condición humana el error, la incomprensión, el egoísmo. Huimos del dolor, sin darnos cuenta que puede ser precisamente la medicina a nuestra principal enfermedad: el egoísmo, la indolencia y soberbia. De cómo enfrentemos el dolor depende que nuestra vida sea un paraíso o un infierno.

Cuántas veces hemos sido testigos como un problema económico, una situación dolorosa, una enfermedad ha sido precisamente la ocasión que han provocado la unidad familiar o que una persona se planee salir de su egoísmo y poltronería.

El que huye del sufrimiento a toda costa se mete en un laberinto forjado por su imaginación. Paradójicamente huye del dolor pero se mete de lleno en él ya que la misma expectativa de sufrir se convierte en una contradicción que le quitará la paz y la alegría de forma permanente. El que entra en este camino pasa abatido y agobiado de forma constante. Los problemas, muchas veces imaginarios, le hunden y se vuelven insuperables. Se pierde la capacidad, por lo menos, de razonar con claridad. En esta situación, el tiempo se encarga de que los más temibles fantasmas tomen cuerpo volviéndose realidad las situaciones más difíciles y dolorosas. Se entra en una espiral de desesperación, sencillamente por no tener la valentía de asumir el dolor por lo menos con resignación.

Con que diferente óptica pueden enfocan unos y otros el dolor, las contradicciones y los problemas. Para unos es motivo de rebeldía y hundimiento; para otros ocasión de crecimiento en virtudes y mejora personal.

Buena parte del enfoque correcto viene de la humildad con la que encaramos esas situaciones difíciles. Humildad que nos ayudará a saber convivir adecuadamente con los errores y dificultades sin perder la alegría. Humildad que nos llevará a entender que no hay mejora de la voluntad sin esfuerzo, que no hay crecimiento sin dolor. Humildad que nos llevará a ver el lado positivo de las dificultades. El dolor nos permitirá sacar lo mejor de nosotros mismos.

Aprender a sufrir es cuestión de amor. Es el amor el que nos enseña a darle sentido al sufrimiento y darnos cuenta que el auténtico amor se manifiesta a los demás con obras de abnegación y entrega. Nos convenceremos que en esta vida no goza de auténtica paz y alegría sino quien tolera y abraza con amor los sufrimientos.

El incomprensible dolor
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