Más pesado que el oro

Una de las muchas lecciones que podemos sacar de la historia que se narra en la película “gifted hands”, es el tema que uno de los lectores me pidió que amplíe: ahondar en la otra cara de la moneda de la superficialidad.

En esta historia el mejor neurocirujano-pediatra del mundo –así lo reconocen el resto de los médicos en el hospital Johns Hopkins- se enfrenta con la difícil decisión de si operar o no a dos niñas siamesas alemanas cuando aún nadie lo había realizado antes.

Están en juego la vida de dos encantadoras niñas y al mismo tiempo el médico ha de sopesar el riesgo, inventar un procedimiento quirúrgico inexistente y sobre todo valorar si posee el talento necesario. Se requiere prudencia para acertar, estudio atento de los diversos aspectos que están en juego, contar con la experiencia propia y valorar atentamente todas las circunstancias.

Esta decisión da pie para que a lo largo de la película se vea el esfuerzo que pone un niño negro, con la ayuda heroica de su madre soltera, para salir adelante en unas circunstancias difíciles y subir los peldaños que le colocan como uno de los mejores médicos del mundo.

Estudio profundo, esfuerzo y trabajo personal, superar dificultades, contar con la ayuda y experiencia de otros, aprender de los propios errores son algunos de los actores de la película que podríamos llamar prudencia en el decidir y en el actuar.

¿Cómo superar la cortina de humo de lo aparente?, ¿cómo vencer la precipitación para decidir lo que conviene? ¿Cómo saber valorar todos los elementos para acertar y elegir lo mejor aquí y ahora? ¿Cómo centrar la propia vida en lo realmente importante? Me parece que en primer lugar hemos de perder el miedo a sumergirnos en nuestra propia intimidad y reconocer que, si bien es cierto poseemos cualidades que hemos de hacer crecer y fructificar, somos limitados, que no lo sabemos todo, que estamos más dispuestos al error. Esta sana desconfianza personal nos ayudará a pedir consejo, a esforzarnos en estudiar con detenimiento los asuntos, a evitar la precipitación y a poner manos a la obra una vez tomada una decisión impostergable.

Planteo este punto de partida porque pienso que lo que más puede desviar el timón de la nave de nuestra libertad es el exceso de confianza en nosotros mismos, pensar que no necesitamos mejorar, despreciar la experiencia de otros, abandonar el estudio, sucumbir a la pereza del mínimo esfuerzo, en una palabra la actitud del alma avejentada y soberbia que vive de glorias pasadas porque en el presente ya no encuentra una ilusión para vivir, que es lo mismo que dejar de lado el deseo de ser mejor y que nos sumerge en quedarnos en la superficie de una vida sin sentido.

Este abandono, exceso de confianza y descuido, en una palabra comodidad, lo he visto incluso en personas que fueron virtuosas en alguna época de su vida pero que sucumbieron a la falta de vigilancia sobre sí mismos y cedieron poco a poco a la somnolencia de la mediocridad que se conforma con lo ya alcanzado.

El primer paso para aprender es reconocer que ignoramos, el primer paso para quitar un defecto es reconocer que lo poseemos, el primer paso para ser mejores es darnos cuenta que podemos serlo, en fin, el primer paso para mejorar nuestra preparación humana y espiritual es darnos cuenta que nos falta. El primer paso para buscar la medicina es detectar la enfermedad.

Después de días de esfuerzo el médico de nuestra historia encuentra un procedimiento válido para realizar la operación y logra separar a las niñas siamesas, perdón si adelanto el final para los que no han visto la película. Espero que tú también encuentres la piedra preciosa que pesa más que el oro y que conduce a la prudencia.

@jcoyuela

Más pesado que el oro
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